Un hombre de rostro indescifrable da vueltas, nervioso, en lo que parece ser una fábrica abandonada.
Los minutos se suceden sin novedades. El silencio y la inercia de su entorno lo terminan de enloquecer.
Arroja una silla polvorienta contra una ventana que pasa a ser un hueco desnudo.
Se posa junto a los pequeños pedazos de vidrio deforme y enciende, con las manos temblorosas, un cigarrillo.
Mira su reloj una, dos veces. Otra vez más, esta vez prestando total atención.
Puede, por su expresión, que esté esperando a alguien. Alguien que está llegando inexcusablemente tarde, quizás.
Es raro, pero no le da golpecitos al cigarrillo para deshacerse de la ceniza.
De hecho, ni siquiera lo toca con las manos. Permanece suspendido sobre sus labios como olvidado, consumido ya por la mitad. Fuma por hábito, por reflejo, no por placer.
“¿Qué carajo hacés fumando otra vez? Entendés que te mata eso, ¿no?”, le dice jocosa una voz femenina. Él no la sintió entrar, pero ahora reconoce su silueta a unos metros de la ventana. Sabiendo que ella detesta las frases pretenciosas, le responde con un “No muere aquel que se rehúsa a comenzar a vivir”. Vale la pena verla molesta. Quedan pocas mujeres capaces de mantener su encanto en esos momentos, pocas como ella.
Se acerca un poco hacia él. Con unos pasos le sobra, quedan enfrentados. Susurra “hice lo que me pediste”, en un tono que delata su miedo a ser escuchada o juzgada por los escombros. Él sonríe con la desconfianza que uno tiene cuando asume ser el objeto de una broma.
- ¿No me creés?
Rápidamente, ansioso y estúpido, la despoja de sus ropas. Cayó de rodillas. Era cierto, lo había hecho de verdad. Frente a él, sólo piel en plena desnudez. Piel, nada más. Pensó en decirle algo, comparándola con la limpieza de un extenso desierto, aunque no lo hizo. No era el momento.
Ella, acariciándole el pelo, comenzó a acercarlo hacia su cuerpo. Era hora. Podrían haberse tomado unos segundos buscando comodidad. No valía la pena. Eso siempre es, y debería ser, espontáneo. Espontáneo y furioso. No en un sentido violento, no es lo que quiero decir. No hay que frenarlo con excusas, ninguna es válida.
Cuando todo terminó, se quedaron inmóviles por unos minutos, asimilando lo ocurrido.
Podrán a futuro revivirlo en sus memorias, pero no las sensaciones experimentadas. He ahí la culpa flotando en el ambiente, la crueldad de mostrar el paraíso y cerrar las puertas.
Una lástima.
Completo
